Pensamiento latinoamericano: El Ariel de Rodó

En el año 1900 el pensador uruguayo José Enrique Rodó, que contaba con apenas 29 años de edad, vio la publicación de su ensayo Ariel. Aquel pequeño tomo resultó ser una de las obras más influyentes del pensamiento y la política hispanoamericanos. Con una prosa muy característica y una obvia fascinación por la cultura greco-romana, Rodó presenta en Ariel las bases filosóficas de un proyecto. Si medio siglo antes el Facundo de Sarmiento cavilaba sobre una encrucijada, una opción entre la civilización de las ciudades europeizantes y la barbarie de los campos indigenantes, en el Ariel de Rodó la decisión ya se tomó. La elección es civilizada y urbana, pero también americana y democrática. Desde allí el pensador montevideano considera que se puede elaborar un proyecto de futuro. En su ensayo, las bases de ese pensamiento se sitúan sobre dos pilares: 1) lo que la América hispana debe ser y 2) lo que esta América no debe ser. Estos dos pilares son por una parte un destino final y por otra una advertencia para no descarriarse.

Ariel es, ante todo, un llamado. Una propuesta. Una invitación a los americanos de origen latino a embarcarse en un proyecto netamente americano pero a la vez universal. No debe sorprender, entonces, que la obra comience con un encargo, este dirigido a la juventud de América, para que se convierta en una fuerza regeneradora. Con su inconfundible estilo, Rodó extiende la invitación de forma hermosa y elocuente: “Es así como, no bien la eficacia de un ideal ha muerto, la humanidad viste otra vez sus galas nupciales para esperar la realidad del ideal soñado con nueva fe, con tenaz y conmovedora locura. Provocar esa renovación, inalterable como un ritmo de la Naturaleza, es en todos los tiempos la función y obra de la juventud”. Esta renovación debe ser total, debe constituir una forma diferente de llevar la vida.

A entender de Rodó, la vida debe encararse como más que un mero utilitarianismo. El utilitarianismo —esa filosofía que sostiene que aquello que es valioso para la persona es bueno y por ende en la vida debe priorizarse la búsqueda de lo que sea útil para el bienestar individual— resulta limitante. Por ello, Rodó sostiene que “el fin de la criatura humana no puede ser exclusivamente saber, ni sentir, ni imaginar, sino ser real y enteramente humana”. Por tanto, la plena realización viene como consecuencia de aspirar “a desarrollar en lo posible, no un solo aspecto, sino la plenitud de vuestro ser”. En el pensamiento rodoniano, si bien el ser humano puede dedicarse a la actividad utilitaria —en la sociedad moderna no le queda otra—, también debe reservar una parte de sí para cultivar la plenitud de su condición humana. Tal es el llamado.

En este pensamiento, las personas, a fin de alcanzar una formación total, deben aprender a valorar lo estético. La enseñanza pública, entonces, debe inculcar en cada uno la capacidad de reconocer lo bello como tal, para separarlo de lo feo. Puede que esto suene extraño, o tal vez innecesario, pero Rodó lo ve como un medio para lograr un fin que es ni más ni menos que saber distinguir lo bueno de lo malo. Esto lo expresa sin revuelos el pensador: “Yo creo indudable que el que ha aprendido a distinguir de lo delicado lo vulgar, lo feo de lo hermoso, lleva hecha media jornada para distinguir lo malo de lo bueno”.

Ante este desenvolvimiento de la naturaleza plena, que incluye la contemplación de lo hermoso, se opone una filosofía para Rodó nefasta: el utilitarismo. La preocupación del pensador es que la utilidad como valor ético menoscaba la vida desinteresada, esa vida que anhela lo bello y, ojalá, lo bueno.

A entender de Rodó, este proyecto, si ha de ser plenamente americano, debe enmarcarse en los procesos democráticos. Sin embargo, la defensa que hace el pensador de la democracia americana no es sin reservas. Es más, se trata de una visión de la democracia que a muchos ciudadanos de los albores del siglo XXI podrá resultar incongruente. Rodó no cree en una democracia plenamente participativa e inclusiva. Para él, la democracia es buena porque elimina las ventajas injustas. Es decir, para este pensador montevideano, el que uno tenga ventaja sobre otro no supone ninguna desigualdad, siempre y cuando esta ventaja no sea injusta. En otras palabras, habrá algunos que serán más aptos para ciertas cosas que otros, pero esas aptitudes diferentes deben aceptarse como algo bueno, algo que permite a cada uno lograr su verdadero potencial en la vida. Como dice él:

“Desde el momento en que haya realizado la democracia su obra de negación con el allanamiento de las superioridades injustas, la igualdad conquistada no puede significar para ella sino un punto de partida. Resta la afirmación. Y lo afirmativo de la democracia y su gloria consistirán en suscitar, por eficaces estímulos, en sus seno, la revelación y el dominio de las verdaderas superioridades humanas” (cursiva en el original).

El problema que señala Rodó en la democracia es su capacidad de nivelar hacia abajo. Advierte que la democracia puede hacer que a lo mediocre se lo considere “criterio sano”. Cabe sospechar, entonces, que el autor de Ariel no hubiese visto con buenos ojos algunos ímpetus populistas que existen en la América latina actual… y en la sajona. Para él, la democracia falla en la medida que aleja al ciudadano de la cultivación de lo bello y la valoración de lo bueno.

No obstante, esta problemática que presenta la democracia, este riesgo que se corre en democracia, no debe ser motivo para desecharla. Rodó es contundente al respecto y rompe filas con los pensadores europeos que es sus días argüían en contra de los modelos democráticos. Esto hay que resaltarlo, porque al hacerlo, este pensador se posiciona como verdadero americano. Se enlista sin disimulo con el espíritu del continente en que la democracia moderna vio la luz y desde el cual se propagó. En Europa, por ejemplo, tendrían que pelearse dos guerras mundiales antes de que el ideal democrático se arraigase de forma definitiva.

Aun así, Rodó denuncia los riesgos del modelo democrático, y a la vez declara que esto tiene arreglo. La clave para salvar a la democracia es educar al pueblo de modo tal que reconozca la diferencia entre las desigualdades legítimas y las ilegítimas, entre la subordinación necesaria y la innecesaria. Se trata, pues, de un pensamiento rotundamente elitista. En él queda al desnudo lo que de otra forma no se vería: el llamado a la juventud de América, el proyecto americano, es para las élites. La educación del pueblo, tan necesaria que es, debe fijarse como objetivo dar dirección a las multitudes. El deber del Estado en este sentido no es forjar la igualdad práctica y material entre todos sino ver que todos tengan igual posibilidad de desarrollar su pleno potencial, por desiguales que sean los potenciales de cada uno. Esta es una visión que raya en lo aristocrático. Se trata de un concepto en que los mejores, los más aptos según su potencial innato, dirigen al resto con benignidad. Rodó reconoce que su visión puede usarse como justificativo para la subordinación injusta de los más débiles, y por ello aclara que su concepción, por aristocrática que parezca, no coincide con la del aristócrata nefasto de siglos anteriores; la aristocracia que él reclama ha de ser regida por el deber que ata a todos los que tienen “superioridad moral”, la cual debe entenderse como “una superior capacidad de amar”.

Un pensamiento así resulta sumamente sospechoso en la era donde se considera que el deber del Estado va más allá de ordenar la sociedad para dar ciertas garantías básicas. Cada vez más se alaba como admirable el modelo del Estado benefactor que procura eliminar las desigualdades materiales, por más que en el fondo todos sepamos que no esto no es más que un ideal, una meta digna de ser perseguida aunque inalcanzable. Tal vez por ello, este pilar de Ariel ha sido básicamente olvidado. El llamado a elevarse, a cultivar cada uno su pleno potencial, ha caído en el olvido. Ya nadie recuerda el apremio con que Rodó hablaba de la educación como medio para eliminar las desigualdades injustas y permitir a cada uno lograr su máxima expresión.

Se recuerda el Ariel de Rodó, más bien, por el segundo pilar, en el que arremete contra Estados Unidos. El pensador observa al Coloso del Norte y se preocupa. Para él, Estados Unidos es “la encarnación del verbo utilitario”, lo cual no sería motivo de mayor preocupación sino porque muchos en la América de estirpe española se ven deslumbrados por sus éxitos materiales. Se deslumbran y quieren imitar. Cabe señalar que Rodó no se pone a aprender lo que se pueda de la Unión norteamericana; a lo que se opone es a sacrificar “la originalidad irremplazable” del espíritu latino-americano. Es decir, lo que molesta a Rodó es la imitación de cosas que no son propias de la cultura de los “americanos latinos”. En su visión, América tiene dos principales tradiciones, una de origen anglo y otra de origen latino, y estas dos deben coexistir en solidaridad. Para que exista una verdadera igualdad entre pares, una parte no puede limitarse a imitar a la otra.

El pensador no descarta por completo el modelo estadounidense, ya que encuentra en él muchos elementos dignos de sincera admiración. Para el autor de Ariel, Estados Unidos hizo realidad el concepto moderno de la libertad, sus habitantes son un pueblo trabajador, se dedican como ninguno a aplicar el conocimiento abstracto hacia la concreción de soluciones para los problemas prácticos. Además, Rodó percibe en ellos un sentir religioso que les sirve de guía moral. Sobre todo, él admira la “fuerza en movimiento” de ellos.

El problema según Ariel radica en que toda esta pujanza se convierte en un fin en sí, cuando lo ideal es que fuese un medio para lograr otros objetivos más plenos. La búsqueda insaciable de bienes materiales se convierte en su propio justificativo y no persigue más fin que obtener el “triunfo material”. Como prueba de ello, Rodó hace una denuncia: Estados Unidos no ha logrado cultivar, salvo en casos aislados, el buen gusto y las artes. El autor de Ariel observa, desde la lejanía de su país natal, al Coloso del Norte y concluye que en él languidece “la alta cultura” y en su lugar florece una especie de “semi-cultura” universalizada por medio de la educación del pueblo.

En el año 1900 este pensamiento pudo haber reflejado una realidad concreta. Rodó fue un lector voraz de los más eruditos escritores de Europa y América, y las fuentes que consultó para hacerse una idea de qué era realmente Estados Unidos registraban una prosa más bien crítica, sobre todo las fuentes francesas, y es lógico que en la mente del pensador se llegara a las conclusiones que se llegó. No obstante, ha transcurrido más de un siglo, y ahora la hipótesis rodoniana sobre Estados Unidos se enfrenta a un creciente volumen de pruebas contrarias. En Estados Unidos la alta cultura ha florecido a la par de la “semi-cultura” que alarmaba a Rodó. Es cierto, desde sus fronteras al mundo sale verdadera basura, como el caso de programas televisivos tipo How I Met Your Mother. Pero también es cierto que desde que Rodó escribió Ariel, Estados Unidos ha producido ni más ni menos que doce premios Nobel de literatura, ha aportado al mundo estilos musicales nuevos como el jazz y el blues, ha incentivado la pintura a borbotones, ha cultivado un sinnúmero de filósofos, etc. En fin: allí ha habido espacio para el cine chatarra y también para obras del calibre de Schindler’s List.

Lo que le resultó difícil adivinar al profeta areliano fue que la pujanza material abriría los caminos que permitirían en muchos cierto refinamiento del espíritu. Ojo, el pensador montevideano reconoce que “[s]in la conquista de cierto bienestar material es imposible en las sociedades humanas, el reino del espíritu”, pero lo que no vislumbró fue que en el “pueblo de cíclopes” esa conquista del “bienestar material” serviría para crear espacios en los que florecería a gusto el ideal espiritual.

Cuando Rodó hace su llamado a la juventud de América a no ser como Estados Unidos, él se imagina un país en que no pueden florecer el “arte, ciencia, sinceridad religiosa, política de ideas”, etc. Lo que él anhela es que el genio americano de origen latino busque producir arte, hacer ciencia, ejercer la religión con sinceridad, adoptar una política de ideas, etc. Quiere que las ciudades de América Latina aporten a la Historia algo más que la prosperidad e igualdad que pudieran gozar sus habitantes en vida. Tiene la esperanza de una América “hospitalaria para las cosas del espíritu, y no tan sólo para las muchedumbres que se amparen a ella; pensadora, sin menoscabo de su aptitud para la acción; serena y firme a pesar de sus entusiasmos generosos; resplandeciente con el encanto de una seriedad temprana y suave…” A fin de realizar esa visión es que Rodó llama a consagrar esfuerzos. Es decir, pide a los jóvenes que dediquen aunque sea una parte de sus actividades a la causa de hacer provenir.

Lo que propone este pensador entonces es un proyecto utópico, de naturaleza democrática que se ha de llevar a cabo mediante la educación y los esfuerzos de las élites jóvenes. Ese es el primer pilar de Ariel. Pero a Rodó le preocupa que por aspirar a la pujanza material de Estados Unidos, muchos jóvenes se pierdan en la búsqueda de la prosperidad sin más fin que vivir bien. La advertencia en contra de ello es el segundo pilar. Es decir, Rodó empieza diciendo a qué debe aspirar el proyecto  (latino) americano y termina advirtiendo qué forma no debe tomar. Las críticas que hizo este pensador latinoamericano al Coloso del Norte se basaron en una tesis que, un siglo después, no resulta tan contundente. Por ello es una pena que las posteriores generaciones de latinoamericanos concentraran mucho de su esmero intelectual en desarrollar el segundo pilar de Ariel, olvidando el más importante, el que sirve realmente de dirección, el primero, el que presenta el verdadero norte.  No se trata de un pilar libre de dificultades, pero hay mucho en él que rescatar.

El verdadero norte que presenta Rodó en Ariel es un ideal, es que las generaciones crecientes dispongan parte de su tiempo y sus esfuerzos a desarrollarse, mediante la educación, como seres humanos plenos. En Ariel lo que hay es un llamado a cultivar el arte, la ciencia, las ideas desde una óptica americana y latina.

Cultivemos, pues.

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