Pensamiento latinoamericano: El Facundo de Sarmiento

En 1845, el inagotable político argentino Domingo Faustino Sarmiento se encontraba exiliado, por segunda vez, en Chile. Acérrimo enemigo del entonces gobernador de Buenos Aires Juan Manuel de Rosas, Sarmiento puso su vertiginosa pluma al papel a fin de redactar una serie de entregas para el diario chileno El Progreso en las que atacaba a Rosas. Las entregas, de indiscutida calidad literaria, rápidamente fueron recogidas en un solo tomo publicado con el título de Civilización y barbarie: vida de Juan Facundo Quiroga. Este libro ha dejado una marca indeleble en el pensamiento latinoamericano, tanto por su prolija prosa como por la visión dialéctica de la identidad de la América hispana que en él se enuncia.

La obra, conocida hoy por hoy simplemente como Facundo,  tiene tres partes principales. En la segunda parte,  el autor describe la vida del caudillo Facundo Quiroga. El escritor, como hijo inequívoco de su época, quiere presentar un tratado racional e, incluso, científico sobre el objeto de su indagación. Sin embargo, desde la óptica del presente, el método parece dejar mucho que desear. Para narrar la biografía de Quiroga, Sarmiento echa mano de la seudociencia de la frenología, y así reduce al caudillo mediante un determinismo total: Quiroga es eso tan temible que es por causa de su entorno geográfico y la forma de su cuerpo, de su cráneo. Es un bárbaro feroz, con dotes para el mando de los demás bárbaros de las planicies americanas, y esto no lo puede evitar. Nació donde nació y tiene la biología que tiene.

En esta segunda parte, Sarmiento cuenta la vida de Quiroga. Describe cómo da sus primeros pasos, toma el control de la Rioja, se enriquece con métodos de dudosa honorabilidad, desempeña campañas militares exitosas, es derrotado en La Tablada y Oncativo, hace su retorno en batallas armadas, etc. Pero, ante todo, Sarmiento resalta la crueldad del caudillo. Quiroga, con sus atropellos, deja en evidencia que en realidad no se adhiere a ningún principio: no es federal sino bárbaro y, como tal, es enemigo no de los unitarios sino de todos los civilizados, de la ciudad, del frac. La historia de este temible ser termina con su feliz asesinato en Barranca Yaco.

En la tercera parte de la obra, Sarmiento concentra su atención en la figura de Rosas y cómo esta consolida su poder. Al hacerlo advierte, ya con brillante perspicacia, ya con sombría precognición, lo siguiente:

“Hay un momento fatal en la historia de todos los pueblos y es aquel en que, cansados los partidos de luchar, piden, antes de todo, el reposo de que por largos años han carecido, aun a expensas de la libertad o de los fines que ambicionan; éste es el momento en que se alzan los tiranos que fundan dinastías e imperios”.

Se trata de una advertencia que atañe al contexto argentino, pero bien se puede extender a toda América en todo tiempo, desde los días de Sarmiento hasta la actualidad.

Regresando al contexto argentino inmediato, el autor de Facundo, al describir la consolidación de Rosas en el poder, destella algunas actitudes raciales que hoy por hoy se nos hacen escandalosas. Según Sarmiento, Rosas se afianza en la cúpula del gobierno en gran medida por causa del apoyo de los negros, que le sirven de red de espías domésticos: “La adhesión de los negros dio al poder de Rosas una base indestructible”. Fastidiado con esta supuesta participación de todos los negros, comenta: “Felizmente, las continuas guerras han exterminado ya a la parte masculina de esta población…”. También depara algún cartucho para los indígenas, en particular aquellos caciques “salvajes” que dieron en el sur su apoyo a Rosas. Esta tercera parte deja en evidencia el pensamiento que empapa todo el texto. Para Sarmiento, los seres humanos representan en sus comunidades tres grandes etapas de desarrollo: el salvajismo, la barbarie y la civilización. En América el salvajismo está entre los indios, la barbarie se hace presente entre los gauchos y la civilización encuentra su bastión en los vecinos europeizantes de Buenos Aires.

En realidad, el gran aporte que hace Sarmiento al pensamiento latinoamericano no viene de la segunda y tercera parte —en las cuales casi nadie repara— sino de la primera. En ella, el autor de Facundo le da a la joven región hispanoamericana una concepción propia que encuentra amplio eco de norte a sur. En concreto, Sarmiento considera que en América se manifiestan dos tendencias principales, una de origen europeo y otra de origen americano. Lo americano es barbarie; lo europeo, civilización. De ahí que la europeización de América sea un esfuerzo por imponer la civilización. Que el lector moderno no se confunda, para Sarmiento esa europeización civilizadora va de la mando de la desespañolización de América, porque España es lo más retrógrado de Europa, más próximo al deleznable África que a la culta Inglaterra. Y si de europeizar se trata, el faro para la Argentina, y suponemos que por extensión, para América, es Buenos Aires. Sí, Buenos Aires es la ciudad más europea de Argentina y por tanto es el único sitio en que están dadas las condiciones para la verdadera civilización. (Podemos señalar aquí que cuando Sarmiento habla de civilización, se refiere a la civilización europea. Nada más lejos de su esquema intelectual que la China imperial o el Egipto de los faraones.)

El autor de Facundo inicia la primera parte ensayando la geografía de la República Argentina. Lo hace porque está convencido de que la llanura prepara el camino para el despotismo, mientras que la ciudad se presta para la vida europeizante que promete Buenos Aires. Por eso tenemos dentro de la República Argentina la civilización representada por Buenos Aires, mientras que el resto del país representa la barbarie.

Las condiciones no están dadas para la civilización en la campaña argentina porque la densidad poblacional en el campo es bajísima y esto hace imposible la implementación de “los medios de civilización”. Por ejemplo, señala Sarmiento el gran educador, que se hace imposible educar a los niños porque no hay dónde ponerles una escuela a la que puedan asistir varios. Así, el hombre de campo vive aislado y se hace imposible crear esa cosa de todos, esa res publica. Puntualmente, el autor señala que “los medios de civilización y de progreso […] no pueden desenvolverse sino a condición de que los hombres estén reunidos en sociedades numerosas”.

Aunque muchas de las ideas de Sarmiento al día de hoy nos resultan sumamente problemáticas y arcaizantes, es difícil impugnar esta lógica de los números. Cuando pensamos en las grandes civilizaciones, las que han perdurado, pensamos en núcleos urbanos, no en los nómadas de Arabia sino en los sabios de Bagdad. Los grandes imperios eran precisamente la extensión militar y política del centro, de la gran ciudad capital. En ese sentido, parecería que sí se necesita un núcleo urbano para crear cierta masa crítica de pintura, música, literatura, de las cosas que solemos considerar cultas. A su vez, cuando vemos las megaciudades de la actualidad, con los problemas que presentan de hacinamiento, inseguridad, violencia, desigualdad, etc., cabe preguntarse hasta qué punto puede ser la ciudad la abanderada de la civilización que propone Sarmiento.

Sea como sea, el argumento del autor de Facundo no se basa únicamente en una cuestión aritmética. Todo tiene un claro componente racial. Sin rubor Sarmiento hace un muy poco preciso análisis de las razas de su patria. Esboza la composición de su país como una de españoles e indígenas (la mayor parte de los negros ha desparecido, según nuestro autor, y por ende no vale la pena reparar en ellos). Los indígenas son una raza americana y por ello, sentencia Sarmiento, venenosa. Se muestran incapaces, aún por medio de la compulsión, a dedicarse al trabajo arduo. El autor lamenta que por causa de su sangre indígena, los argentinos no tengan capacidad industrial. También es culpa de la sangre española: a Sarmiento le resulta bochornoso ver a los españoles comparados con los alemanes o los escoceses.

Es en esta óptica de la ciudad como centro neurálgico de la cultura y lo europeo no español, de la urbe como fuente de luz entre las tinieblas, que Sarmiento encasilla la gran encrucijada del Nuevo Mundo. Se trata de un continente bicéfalo. Es América el seno de una lucha épica. Una lucha “entre la civilización europea y la barbarie indígena, entre la inteligencia y la materia”.

En esa lucha sin cuartel precede a la creación de las repúblicas americanas. Y durante las guerras independentistas, el esfuerzo emancipador fue ideado y dirigido por la ciudad. Sin embargo, observa Sarmiento escandalizado, tras la independencia, la barbarie de la campaña venía haciendo caer las ciudades. Es más, en los días de nuestro autor se luchaba por el alma misma de Buenos Aires, que bajo el mando de Rosas se encontraba amenazada de dejar de ser el faro europeo de América.

La visión del autor de Facundo peca de tendenciosa. La gente del campo, para él, no tiene mayores motivaciones. Responde sencillamente a ciertos accidentes geográficos que producen costumbres indiscutibles. Es así que la geografía de la Argentina produce en su campaña distintos tipos de gauchos —el rastreador, el baquiano, el malo, el cantor—, que no son seres realmente libres de escoger sino el producto bruto de su entorno y su biología.  Se trata de una visión miope. Sarmiento no hace en ningún momento el menor esfuerzo por entender los motivos de esa gente del campo que tan molesta le resulta. Por ejemplo, cuando habla del caudillo José Gervasio Artigas lo tilda de bárbaro, enemigo tanto de los patriotas como de España; pero Sarmiento no intenta siquiera entender por qué Artigas quiebra con Buenos Aires en su lucha contra España. Se excusa diciendo simplemente que “yo no quiero entrar en la averiguación de las causas…”. Es decir, aquí Sarmiento demuestra un profundo y volitivo desconocimiento del pensamiento artiguista, del sistema que Artigas proponía y defendía, que era republicano, democrático y federativo. Nada de esto le cala a Sarmiento. Se limita a describir a Artigas como un “instrumento ciego […] de instintos hostiles […] a toda organización regular”. Nada más lejos de la verdad. El problema de fondo entonces es que en esta visión dialéctica de Sarmiento no puede haber del otro lado, del lado de la barbarie, un pensamiento coherente y cohesivo. Eso solo lo puede ofrecer él, como baluarte de la gran ciudad y los valores de la civilización.

Sarmiento es un escritor del primer orden. También fue un político consumado. Un reformador de la educación. Todos estos atributos le sirvieron para que su Facundo obtuviese un lugar entre las grandes obras del pensamiento latinoamericano. Pero hay algo más. Para que las ideas de Facundo trascendieran como lo hicieron, no bastaba con que su autor fuese un talentoso hombre de éxito. De algún modo, Facundo le da voz a una idea muy arraigada en el pensar de los latinoamericanos, incluso 500 años después del inicio de la Conquista. Este concepto de que lo indígena representa el salvajismo, lo mestizo —lo propiamente americano—, la barbarie, y lo europeo, la civilización, sigue vigente. Claro, hoy por hoy nadie se atreve a esgrimirlo en esos términos, pero la idea sigue ahí, encubierta. Sale a relucir de tanto en tanto, como cuando las autoridades peruanas se baten en la Curva del Diablo contra los indígenas wampis y awajunes a fin de permitirles a capitales extranjeros poner un oleoducto que traiga todas las promesas de la civilización a esta pobre y vapuleada América, siempre trabada en una lucha intestina entre su identidad india y su identidad europea.

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