Pensamiento latinoamericano: «Nuestra América» de Martí

Por aquellos días la Cuba natal de José Martí era dominio ultramarino de España, y el rechazo sin disimulos de Martí a tal situación lo llevó a encontrarse a principios de la década de 1890 exiliado en Nueva York. Desde allí despachó notas a distintos diarios del continente americano, entre ellos un ensayo que pondría un sello indiscutible en el pensamiento latinoamericano. «Nuestra América» apareció en enero de 1891 en La Revista Ilustrada, de Nueva York, y ese mismo mes en El Partido Liberal, de México. Se trata de un texto caracterizado por una clara impronta poética, una marcada lucidez de ideas y una visión espiritual no por todos comprendida.

El llamado de Martí en este ensayo es, ante todo, a lograr la «unión tácita y urgente del alma continental». Esta invitación no es el resultado de una visión panamericanista, ya que excluye a los países al norte del río Bravo. Tampoco es un proyecto político, ya que la visión que esboza Martí no pasa por la creación de un supraestado ni por la concreción de una federación de repúblicas sino por la unión cultural de los países que conforman la América latina. Para Martí esta unión, más espiritual que material, es imprescindible a fin de hacerle frente al «gigante de las siete leguas», es decir, a Estados Unidos.

El punto de partida para Martí marca una distancia insalvable con Domingo Sarmiento. Martí no rechaza los elementos indígenas y mestizos del continente sino todo lo contrario: los considera el fundamento indiscutido de la identidad americana. El ensayo «Nuestra América» es, en gran medida, una denuncia de los americanos que rechazan al indio; concretamente, un rechazo a las tendencias europeizantes que galopaban en aquellos días por la región. Martí reivindica el elemento indígena en lo americano por considerar que se trata de lo natural en este continente. La conceptualización no debe ser la de una lucha entre civilización y barbarie sino «entre la falsa erudición y la naturaleza». Como consecuencia de la exaltación por lo europeo, los jóvenes universitarios salen mal preparados para gobernar en América porque, por ejemplo, aprenden la historia de los griegos pero no la de los incas. «Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra», sentencia Martí. «Nos es más necesaria», remata contundentemente.

El llamado de Martí, entonces, es a reivindicar la realidad americana, la mestiza, la de la persona de a pie, por sobre los modelos importados, esos modelos europeizantes que tanto entusiasman a las élites universitarias. Martí quiere, entonces, una transformación espiritual en la región. Quiere que se abandone la imitación de lo europeo y que se empiece a crear algo propiamente americano: «El vino, de plátano, y si sale agrio, ¡es nuestro vino!».

Este objetivo no es fácil de alcanzar, y Martí subraya varios peligros, muchos de ellos internos, como por ejemplo, la militarización de las repúblicas nacientes. Sin embargo, por lo que más se recuerda este ensayo es por el peligro externo que en él se denuncia, a saber, el que representa Estados Unidos. El Apóstol de la Independencia no quiere que se interprete su discurso como una arenga racista: «n[o] ha de suponerse, por antipatía de aldea, una maldad ingénita y fatal al pueblo rubio de continente». Más bien, Estados Unidos le inspira desconfianza porque «la América del Norte» es demasiado diferente a la del Sur. La del Norte es un pueblo pujante que miran con desdén a los vecinos del Sur. Martí cree, en la Nueva York de 1891, que la solución a esta amenaza radica en ganarse el respeto de Estados Unidos. La América de las «naciones románticas [y] las islas dolorosas» debe darse a conocer y así ganarse el respeto del gigante apostado al Norte.

Tal era la visión de Martí en «Nuestra América». En este ensayo Martí es como el atalaya en la torre, que viendo el riesgo que representa para las repúblicas latinoamericanas el Estado angloamericano da voces de alarma. En esta labor peca de optimista. Si algo hemos aprendido en el siglo y moneda que siguió a la publicación de este ensayo es que Estados Unidos solo respeta dos cosas: la fuerza bruta de una economía como la china o la amenaza militar de un arsenal como el ruso. En esos frentes, la América de Martí no está en condición de dar batalla a la América de Vanderbilt.

Con el pasar de los años este ensayo se ha interpretado —reducido, más bien— como una mera proclama antimperialista. Y si bien en parte es eso, también es mucho más que apenas eso. Ante todo y sobre todo «Nuestra América» es un pedido a avanzar, con «fe en lo mejor del hombre», en un proyecto cultural en que los pueblos latinoamericanos se estrechen mediante la creación de un espacio común. Es una invitación a dejar de lado las luchas intestinas e ideológicas para formar juntos una identidad conjunta. Es un llamado a forjar un alma compartida. A ganarse así un lugar en el mundo. Y ese mensaje es hoy tan vigente como hace más de un siglo.

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