En 1927 un inmigrante alemán puso en Montevideo una confitería que lleva por nombre Oro del Rhin. Para mediados de siglo se había granjeado la preferencia de los paladares más selectos de la ciudad. Sus mozas servían las mesas con impecables delantales blancos, y los clientes concurrían con sus ropas más elegantes a tomar un café y degustar alguna torta.

Para el año 2016 la empresa contaba con cuatro locales, uno de ellos en la rambla, con unos ventanales que permitían la vista al mar. Un día de ese mismo año pasaron Walter y Zulma en coche frente a este local costanero. Reflexionaban sobre épocas pasadas:

—Nunca íbamos al Oro del Rhin— dijo él.

—Yo me acuerdo que me daba miedo entrar. No sé por qué— agregó ella.

—Porque había un cartel que decía que se reservaban el derecho de admisión— recordó él.

Walter era de Barrio Ferrocarril y Zulma de Conciliación, y aquellas eran zonas pobres de la ciudad.

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