En los días en que las FARC y el gobierno colombiano se metían bala en el monte, Anahir Laurito* vivía entre el asfalto y los ladrillos de Bogotá. Era extranjera ahí, y siempre estaba en una suerte de alerta inducida. Los lugareños le habían dado una larga lista de cuidados que debía tomar, desde no salir corriendo por la puerta si la llamaban para informarla del supuesto secuestro de un familiar, hasta no abrir la ventanilla del coche ni para dar limosna cuando en cada semáforo se abalanzasen sobre su vehículo los mendigantes. Por aquel entonces millones de desplazados deambulaban en las ciudades, despojos humanos, a veces sin alguna pierna, que la guerra vomitaba sobre el bitumen urbano para que pidieran limosna en las esquinas.

Cuando Anahir recorría las calles a pie, si alguien se le acercaba aunque fuera a pedirle la hora, ella apretaba los labios y apuraba el paso. Pero una vez iba caminando y pasó frente a una mujer joven y hermosa que en brazos sostenía tenazmente a un niño dormido. El pequeñín seguro no llegaba al año de edad. Algo se revoloteó en el pecho de Anahir, quien tras dudar unos segundos, regresó a conversar con esa muchacha de ojos enormes y huecos como dos grandes abismos sin vida. La chica le contó que venía de tierra adentro, que la guerrilla la había convertido en viuda, que el gobierno le había asegurado resguardo y alimento si lograba llegar a la capital y que desde que había llegado, tres días atrás, la vía pública era su cama y el aire su comida. Con labios resecos lamentó haber llegado, anheló poder volver a casa de su suegra. Anahir sacó de su monedero un dinero, lo suficiente para el pasaje de regreso y algo de comida. La joven lo tomó, encomendó a su benefactora a Dios y desapareció callada en la marea de transeúntes.

Anahir siguió su camino sin jamás volver a ver a aquella joven de rostro hermoso que se aferraba a su pequeño dormido. De esto han pasado muchos años, pero hay algo que todavía la estremece cuando recuerda aquella conversación: la joven madre quería huir de aquel monte de fierro y cemento porque allí, cada tanto, algún coche se detenía frente a ella y al bajarse la ventanilla, el conductor le preguntaba si el niño estaba a la venta.

*Seudónimo, a pedido expreso de la persona que lo vivió

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