Israel Baz vivió en Montevideo toda la vida. Quiso ser piloto de avión, pero dejó a su novia embarazada cuando eran adolescentes y desde entonces tuvo que ganarse el pan lejos de los cielos. Fue inspector de ómnibus y sereno de fábrica.  También arreglaba radios, en los días en que estos aparatos tenían válvulas. Como no podía viajar, leía textos académicos. Guardaba los libros arriba del ropero para que no se los rompieran sus hijos pequeños. Gustaba de hablar sobre lo que leía en esos tomos, hasta que una traqueotomía lo dejó sin voz. Quería conocer los rascacielos de Nueva York.

Ya cuando tenía el pelo y el bigote blancos, su hija mayor, que vivía en Estados Unidos, le quiso hacer realidad el sueño. Con sus ahorros ganados limpiando casas y oficinas, ella le pagó un vuelo a Nueva York. Él viajó anciano y enfermo, con una sonda para poder orinar. Los hijos que se quedaron en Uruguay tenían la esperanza de que la hermana de Estados Unidos lo hiciera tratar allá, pero el pequeño caudal sólo dio para visitar las cataratas del Niágara y para ver esos alargados edificios de Manhattan.

Regresó a Montevideo, y unas semanas después el cáncer lo terminó de matar. Pero estaba contento: había conocido los rascacielos de Nueva York.

 

 

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