Mi esposa y yo íbamos para los ocho años de casados y teníamos dos hijas cuando viajamos a conocer las cataratas del Iguazú. Eso sí, fuimos sin las niñas. Hicimos todo lo que hacen los turistas: nos quedamos en un hotel, experimentamos el éxtasis frente a las cataratas, recorrimos las tiendas de recuerditos de Puerto Iguazú y de noche probamos suerte en uno que otro restaurante. La última noche lo que queríamos era un rico asado. Lo encontramos pasada las diez en una parrillada de nombre yanqui y comida criolla. El asado, una delicia; el chorizo, un deleite; el pan, un manjar.

En eso estábamos cuando sentí la voz de un niño que nos ofrecía vendernos algo. Estaba de pie junto a nuestra mesa. Tendría más o menos la misma edad de mi hija mayor. Tenía el pelo lacio, la tez oscura y las manitas sucias. En ellas sostenía unos animalitos tallados en madera. Mi señora le preguntó quién los hacía, y él contestó que su papá.

—Decile que tiene mucho talento, que hace cosas muy lindas— ofreció ella sonriendo.

Yo le compré dos, sin regateos, y él se fue.

Junto a mi plato quedaron mirándome un coatí y un tucán. Compré  estas figuras de madera para mis hijas, pero no encuentro la forma de hacerles el regalo. No sé bien cómo explicarles que hay padres que no tienen más remedio que ponerse a tallar animalitos y niños cuya única opción es salir a venderlos a turistas que comen bien.

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