Con sus tres añitos recién cumplidos, Noemí González tenía unos rulos del color de la arena de la playa y una sonrisa blanca como la esperanza. A esa edad no sabía muchas cosas, como por ejemplo, nadar. Aquel era un día caluroso de un verano furioso. Noemí y su familia estaban en Orlando, de visita en casa de su tía, una tía que tenía, en el fondo de esa casa, una piscina de agua fría. Llegado aquel día se encontraban todos en torno a la piscina, algunos chapuceando adentro y otros conversando afuera. Allí estaban su papá y su mamá, sus tíos, su hermana, sus primos. Todos sonreían; todos se divertían. Los niños todos sabían nadar, todos menos Noemí, que jugaba agarrada de un flotador redondo de flores doradas. Su tía, disimulada, casi no le despegaba el ojo de encima. Pero bastan unos segundos para sacarse un flotador, para caminar hacia el fondo de la piscina. Unos segundos, y cuando la tía volvió a buscar con la mirada a la sobrina, la vio parada en ese fondo de piscina, sin mover los brazos, sin patalear, en trance. La tía dio dos zancadas en el agua, calzó a su sobrina con las manos y la alzó por encima de la superficie acuosa. La niña tomó una bocanada de aire, sostenida en brazos de la adulta, y en aquella bocanada entraron unos cuantos años más. Sucede que unas noches antes, la tía había soñado que su sobrina se ahogaba, y pensándolo presagio de Dios, aquel día caluroso de aquel verano furioso no le sacó el ojo de encima.

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